Cuando era niño solía respetar a las autoridades engañado con la idea de que tal vez podrían servir para algo o de que representaban fuerzas nouménicas complejas y difíciles de entender motivo por el cual eran obedecidas y respetadas ciega y acríticamente por todos. Sin embargo fui creciendo y a los diez años me fui dando cuenta de que por ejemplo los curas, los profesores, los policías, los adultos e incluso mis padres eran humanos comunes y corrientes tolerantes a todo aquello que yo jamás pude tolerar y sin mayores características que los hicieran superiores o más valiosos, es decir más nobles y respetables que otros viejos héroes de tiempos legendarios e inmemorables, sino hasta todo lo contrario: igual de miserables y execrables que el resto de organismos humanos que iba encontrando en el camino. Entre los que debo afirmar fui encontrando verdaderos hermanos y hermanas con quienes compartí adicciones y pasiones desenfrenadas.
Con Nietzsche me di cuenta que toda esta abulia, indolencia y conformismo que compone a la actual sociedad hedonista cuyo único objetivo además de la instrumentalización humana ha sido y prácticamente desde que nací el suicidarme lentamente. Así que mi salida posthumana a todo lo que significa esa moral debía apuntar a algo superior dentro de mi nihilismo.
Con Nietzsche me di cuenta que toda esta abulia, indolencia y conformismo que compone a la actual sociedad hedonista cuyo único objetivo además de la instrumentalización humana ha sido y prácticamente desde que nací el suicidarme lentamente. Así que mi salida posthumana a todo lo que significa esa moral debía apuntar a algo superior dentro de mi nihilismo.
Las ideas sobre la moral autodeterminada del hombre superior e impío edulcoraron mis fantasías totalitarias e hiperbólicas al punto de convertirme en un solipsista radical y psiconauta explorador ya no de un universo objetivo y realista sino de las resacas de mi propia consciencia descontrolada que regresaban a mí en forma de "interpretación de la realidad" que comencé a decodificar con lo que luego me enteraría que Salvador Dalí había denominado paranoia-crítica. Sin embargo así como el miedo y la paranoia crean realidades desagradables, descubrí también que el amor es capaz de crear realidades agradables y que los productos del orgullo y la buena voluntad son más duraderos y de mejor calidad que aquellos que proceden de la reacción y la actitud defensiva. El amor va al ataque en la vanguardia, el miedo está para los colonos de la retaguardia y todos los que temen a la pérdida de sus propiedades es decir a la muerte.
Años más tarde y un poco curtido por los psicodélicos decido probar ayahuasca y en medio de esos delirios descubro que el tiempo es una ficción que estamos recreando constantemente. Que no es que haya pasado, presente y futuro como se acostumbra a enseñar en las zonas de confort retaguardista, sino que el tiempo solo consta de dos momentos: el presente y el no-presente, que funcionan como el Ying y el Yang, dos principios abstractos que lo impregnan todo y que sólo pueden ser deslindados en el no ahora, es decir la mente o el cielo, donde las cosas tienen la posibilidad de ser puras como ideas platónicas, nóumenos o sueños freudianos, el aleph de Borges. Solo en un pasado muy remoto podemos colocar a la raza superior y única. Mientras que en todo el basto e infinito presente está el caos increado e inmortal donde el no-presente está constantemente siendo relaborado, rescrito y reprogramado en el único instante real e inmodificable, el que es el resultado de la suma de todas las fuerzas en juego: el presente.
Así fue como llegué a mi situación actual de presentista experimental y hechicero del caos. Fin.
Años más tarde y un poco curtido por los psicodélicos decido probar ayahuasca y en medio de esos delirios descubro que el tiempo es una ficción que estamos recreando constantemente. Que no es que haya pasado, presente y futuro como se acostumbra a enseñar en las zonas de confort retaguardista, sino que el tiempo solo consta de dos momentos: el presente y el no-presente, que funcionan como el Ying y el Yang, dos principios abstractos que lo impregnan todo y que sólo pueden ser deslindados en el no ahora, es decir la mente o el cielo, donde las cosas tienen la posibilidad de ser puras como ideas platónicas, nóumenos o sueños freudianos, el aleph de Borges. Solo en un pasado muy remoto podemos colocar a la raza superior y única. Mientras que en todo el basto e infinito presente está el caos increado e inmortal donde el no-presente está constantemente siendo relaborado, rescrito y reprogramado en el único instante real e inmodificable, el que es el resultado de la suma de todas las fuerzas en juego: el presente.
Así fue como llegué a mi situación actual de presentista experimental y hechicero del caos. Fin.
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