martes, 16 de febrero de 2016

Todos ustedes se van a ir al infierno y yo lo voy a disfrutar.

La discapacidad mental en la población es generalizada. No hay ningún tipo de educación política, económica o cultural en ningún sector social. No existe ningún personaje admirable con vida. Absolutamente todas las personas que conozco y con las que comparto esta ciudad y esta nación me parecen aborrecibles. Me siento deprimido, aburrido. Cada día espero que todo se acabe y lluevan bombas de hidrógeno sobre las principales ciudades del mundo o que suceda algo que despierte a las masas embrutecidas.
El organismo siempre va a decidir lo que le parezca más conveniente. El humano promedio se mueve en el circuito mental del ego desunido e independiente de la realidad que lo rodea. Toma las decisiones que más lo satisfacen solo a sí mismo, no considera lo que es mejor para su entorno. Vive como los animales solo dispuesto a satisfacer sus más básicos impulsos y sobre todo a obedecer a la autoridad, que tenga más dinero y que más miedo le cause. Todos han sido programados para obedecer, no para pensar o actuar con autonomía. Han sido incapacitados para decir no, para criticar y desarrollar un pensamiento propio y ver más allá del caos. Han reducido sus miradas, solo son capaces de ver lo evidente, lo obvio, no pueden deducir prácticamente nada, mucho menos extraer conclusiones. Han reducido su lenguaje, sus fuentes lingüísticas son solo la radio, la prensa y la televisión; si usa las redes sociales es solo para deleitar su vanidad con frivolidades. Han reducido sus facultades cognitivas, están incapacitados para imaginar, intuir, casi podría decir que han sido deshabilitados también para sentir. Los han amaestrado para que no sepan ni siquiera lo que es quejarse, odiar, protestar, destruir, actuar, caotizar o llevar a cabo cualquier acción desprogramada e inesperada. Han sido indoctrinados para sentir miedo a la autoridad y seguir las reglas y órdenes verticales que vienen de arriba con acrítica obediencia y sin dudar.
Los tiempos hacen cada vez más evidente que las mejores decisiones que podemos tomar son las decisiones que además de beneficiarnos a nosotros mismos benefician también al resto de organismos con los que compartimos el espacio-tiempo. Se nos ha hecho creer que utilizar combustibles contaminantes para movilizarnos está bien, que es lo normal. Cuando en realidad está mal, hacemos un daño al ecosistema al que pertenecemos y si la idea de suicidio es muy exagerada, en realidad estarse haciendo un daño constantemente, día tras día, con enfermedades pulmonares y cardiovasculares, es creo que peor. Se nos ha enseñado a pensar que comer carne está bien, es delicioso, es lo normal. Comer cadáveres no solo es malo para nosotros debido a las toxinas que contiene y que el cuerpo demora en eliminar, si no sobre todo es un daño para nuestros hermanos animales y una contribución con la crueldad en nuestro planeta. Pensamos que es algo normal y natural usar el dinero basado en la deuda, todos lo anhelan, no hay nada más bueno que el dinero, es el dios contemporáneo, todos lo aman, lo adoran, le rinden pleitesía. La vida misma ha pasado a un segundo plano, solo una cosa que hace dinero es digna de respeto, obediencia y amor. Algo que no produce dinero como un desempleado por ejemplo, merece odio, discriminación y marginalización. No se enseña que el dinero basado en la deuda que todo el mundo usa es la tecnología más dañina inventada por la humanidad, hace que la gran mayoría de nuestra especie viva esclavizada por una minoría que los utiliza como fuerza de trabajo desechable.
La revolución de las criptodivisas, las criptonaciones y la criptoanarquía ha comenzado y los borregos duermen a puertas del cadalso.
Todos ustedes se van a ir al infierno y yo lo voy a disfrutar.

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